Noticias de Lágrimas y Favores

Lágrimas en San Juan, sentido adiós a Doña Ana Banderas

29 de diciembre de 2017

Por Antonio Pedraza


Sucedía el pasado domingo, cuando ya la noche tomaba perezosa
el relevo de la tarde, en la Iglesia de San Juan, ante la capilla de la Virgen
de Lágrimas y Favores. Donde impresionaba la venerada imagen vestida de
riguroso luto. Su camarera perpetua, la más representativa y entrañable, era llevada
de nuevo a sus pies. Una última y ahora incorpórea visita. Fuera la ciudad
palpitaba como un verso. Dentro el respeto y la emoción se envolvían de una
atmósfera donde el aroma de sahumerios, perfume lejano y evocador, era como un
bálsamo reconfortante que parecía mecernos en el aire que señala lo ausente,
ese mar sin orillas de la eternidad.                                                                                                                                                                                                                         


Despedíamos a Doña Ana Bandera, había cumplido 89 años,
dejaba atrás una intensa y munífica existencia, un ejemplo indeleble para los
suyos, saga tan querida por todos los malagueños. Marcando profunda huella en
cuentos tuvimos el privilegio de conocerla. Mujer de alma antigua, con luz en
la frente, de solidos principios. Que inspiraba un respeto cercano, reverencial,
pero sin dar ocasión alguna al servilismo. Al saludarla, cuando se conversaba
con ella, resaltaba una consustancial aurea mediocritas, haciéndose tan
visibles la moderación y sensatez en su expresión o en sus gestos. Se la notaba
envuelta en un vaho especial de sabiduría en absoluto presuntuosa, solo abierta
a los más cercanos. Pero, sobre todo, dejaba adivinar en esencia una veta
irrebatible de mujer fuerte, curtida en las dificultades y en la vida. Su presencia
era siempre una invitación a orillar en remanso de sosiego, en oasis de balsámica
calma, tan alejado de este mundo contemporáneo que exige expectativas tan sobredimensionadas
para alcanzar la felicidad.


Se esforzaba el hijo por olvidar el trallazo de la muerte,
con palabras emotivas que salen de un corazón roto. Emigraban por momentos a
sus ojos los pájaros perdidos de la infancia. Años de adolescencia en un mar
sin líquenes. Transido. Ausente. Su mente lejos de allí, cruzando los vastos
jardines dormidos. Ensimismado, desnortado, invadido por arpegios lejanos de
una música triste. Se detiene en las huellas fugitivas del recuerdo, con un
dolor inmóvil que lacera. Escucha cómo suena la madre en sus tañidos: surge su
verbo más hermoso y sentido al  compás
del borbotar incontenible de emociones. El pecho poblado de amor y la lengua
ardiendo en una hoguera de palabras. Hablaba con ese temblor trémulo de la
emoción, ante el recogimiento de los amigos, de sus hermanos cofrades: nublados
los ojos, erizados los vellos, mariposas aleteando en el estómago.


En los últimos años, quien fuera sinónimo de vida, con tan
claros amaneceres a sus espaldas, anduvo acurrucada en el silencio, donde su
mundo era mudo y su voz se apagaba como el humo. Seguramente prisionera de la
ausencia más sentida, la de aquel hombre bueno, José Domínguez, que en su día
dejara Málaga para acompañar a su hijo en la apasionante aventura de su vida, en
la que quedan todavía tantos renglones de éxito por escribir. Asistida por el
cariño inmenso de los suyos. Por el amor filial más extraordinario. Sumida en
ese  ignoto e impenetrable mundo, donde ni
el silencio se deja oír. Consumiendo horas carentes de tiempo. Pero, con
seguridad, vividas en una Arcadia de felicidad a la que solo se tiene acceso de
niño. Sumergida así, una y tantas veces, en el caudaloso rio de la memoria, remontándolo
hasta la infancia. Reviviendo pasajes hermosos, momentos inolvidables,
resistentes incluso al silencio sobrevenido: los padres; la infancia; su boda;
el nacimiento de los hijos, sus juegos en ese dédalo singular que configuran
las callecitas del centro; la llegada de los nietos,… el éxito en fin, de su progenie
en la vida. No solamente en la profesión, sino  en lo que es más importante, como personas.


Antonio, que tenía palabras de agradecimiento, para María, y
las personas que han estado cuidándola en todo momento, hablaba de sus raíces,
de sus señas de identidad, del acendrado arraigo a esta tierra, en lo que tanto
ha tenido que ver la madre: eslabón sólido, anclaje férreo, cordón umbilical a
unos cimientos que todavía han solidificado más la lejanía o la fama. Decía vislumbrar
ese túnel del que se habla como antesala a lo desconocido, de la límpida luz al
final del mismo, donde  pese al escepticismo
abierto, la parodia tenaz del ser y no ser, ve caminar a su progenitora hacia donde
acaba la realidad conocida. Y, esperándole, entre los andamiajes de esa
claridad visionada, el esposo, quien se le anticipara  en el viaje. No dejando de ser, desde ese
lugar reservado a los mejores, también referencia y guía para una familia unida
y ejemplar.


No sabemos el verdadero valor de los momentos hasta que se
convierten en recuerdos. Seguramente estos de la Iglesia de San Juan, escenario
de tantas mañanas y atardeceres 
radiantes de domingo de Ramos, revestidos ahora del dolor de la
despedida, del luto de una Virgen “rostro santo y lágrimas rodando como
corales”, siempre vendrán con nosotros como compañeros del alma, de viaje hasta
el inexorable pero dichoso reencuentro.  


A sus hijos, nietos y familia toda, el abrazo más fuerte y
entrañable.  

Lágrimas en San Juan, sentido adiós a Doña Ana Banderas

María Santísima de Lágrimas y Favores vestida de luto